martes, 22 de enero de 2013

Los hijos no nos pertenecen

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Cuando nos convertimos en padres, es fácil caer en la tentación de pensar que los hijos son de nuestra propiedad, que podemos hacer lo que queramos con ellos porque para eso son "nuestros".

Sin embargo, esto no es así. Nuestros hijos no nos pertenecen, como tampoco nos pertenece nuestro marido o nuestra mujer.


Nadie nos pertenece y tampoco nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Dios.

A veces, ser conscientes de esto no es fácil (a mí se me olvida con frecuencia) y tendemos a pensar que tenemos un derecho de propiedad sobre los miembros de nuestra familia, en particular, sobre nuestros hijos.

Nuestros hijos son del Señor

Por eso, es bueno recordar que nuestros hijos son un regalo que Dios nos hace. Nos lo deja "en usufructo", podríamos decir para entenderlo, pero sólo le pertenecen al Él.Ni tan siquiera sabemos por cuanto tiempo nos los va a dejar.

¿Para qué nos los "deja" entonces?

Dios no "deja" a sus hijos por varios motivos, pero uno de ellos es el más importante.

Además, de para cuidar de ellos, educarlos y quererlos, el Señor nos envía a nuestros hijos, sus hijos, para que los llevemos al Cielo, para que les ayudemos a alcanzar la Santidad.

Por tanto, aunque muchas veces pensemos que lo más importante es que aprendan inglés, informática, música o natación, que está muy bien, lo verdaderamente importante es que aprendar a rezar y que reciban la fe.

Esa es nuestra misión como padres de nuestra Iglesia doméstica y no otra.

Un testimonio para la esperanza

Hace poco teníamos la suerte de conocer el testimonio de una familia que nos ha impactado. Tienen cuatro hijos, tres en la Tierra y uno en el Cielo.

El tercero padece un a enfermedad crónica que, en cualquier momento, les puede llevar al hospital por una complicación que le podría causar la muerte. Y el cuarto, murió hace unos meses a los veinte días de nacer.

Ya durante el embarazo de su último hijo, les dijeron que el niño tenía pocas posibilidades de sobrevivir porque padecía una enfermedad muy grave. Y así fue, el niño murió al poquito tiempo de nacer.

Con esta situación familiar, podríamos pensar que nos encontramos ante una familia rota, desesperada, llena de dolor...y fue todo lo contrario.

Lo realmente impactante no fue escuchar la dureza de su situación, sino la fe con la que lo vivían. Lo contaban con una sonrisa y con la inmensa paz que da estar llenos de Dios, de fe, de esperanza.

Nos contaban que lo pasaron muy mal durante los veinte días que su hijo vivió porque cuando parecía que había esperanzas de que saliera adelante, la cosa se complicó. "Ha sido la experiencia más dura de nuestras vidas" nos decían.

Sin embargo, están convencidos de que Dios les ha hecho un enorme regalo con el hijo que ya no está con ellos. Ahora tienen un hijo en el Cielo, un Santo en la familia, que cuida de ellos todos los días.

Tienen claro que Dios nos deja a sus hijos para que los cuidemos y para que, con ellos, le demos Gloria, ya sea un día, veinte o cuarenta años.

Escuchando este testimonio, nos dimos cuenta de que hay que disfrutar de los hijos todo el tiempo que estén con nosotros porque sólo Dios sabe hasta cuándo será así y que hay que vivr siendo conscientes de ello.

Él nos los regala y él se los lleva, antes o después de nosotros. Cada niño en este mundo, en nuestras vidas tiene una misión y este pequeño, que tan sólo vivió separado de su madre veinte días, cumplió la suya.

Reforzó la fe de sus padres, la de sus hermanos y la de tantos que hemos conocido su testimonio (incluso ateos llegaron a rezar por él según nos contaban) y además, viene a demostrar que Dios siempre escucha nuestras plegarias porque como decía esta madre:  

"Nosotros siempre pedimos que nuestros hijos sean Santos y ya tenemos un hijo Santo. Así que no podemos estar tristes sino alegres porque el Señor nos ha escuchado".


Este testimonio nos conmovió y nos invitó a una reflexión sobre si de verdad dejamos ejercer a Dios su paternidad sobre nuestros hijos, sus hijos, y queríamos compartirla con vosotros.

¿Cómo lo ves tú?


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